Guerra Microscópica · Libro I

Un Viaje Prodigioso

Capítulos 1, 2, 3 y 8 · unos 30 minutos de lectura

«Un muy buen libro. De los que se comienza a leer y no se puede parar hasta acabarlo».

Dr. David Escors, inmunólogo · Leer el prólogo

1Capítulo 1

Jueves, 22 de enero de 2015 · 7:00 a. m.

El tibio sol de invierno se colaba por la luna del coche caldeando un poco el gélido ambiente pese a que el vehículo había pasado la noche en el garaje. Santiago Erazarret, promotor inmobiliario, conducía satisfecho y alegre por primera vez desde hacía más de tres años. La ducha, el café y el antiinflamatorio habían borrado los restos del dolor de cabeza con el que se despertó, y el optimismo lo inundó como una dulce marea pese a que la botella vacía de vino blanco y la caja de pizza a los pies de la cama le habían hecho sentir culpable. Pero aquella brillante mañana nada podía salir mal. Por fin, después de años de crisis del sector, parecían asomarse pequeños pero esperanzadores brotes verdes como rayos de luz al final de un largo y tortuoso túnel para ayudarle a salir de la situación en la que se había metido. Si por lo menos estuviera ella para compartir sus penas y sus alegrías. Tenía a sus dos preciosos hijos, a los que había descuidado últimamente, pero no era lo mismo. Le faltaba su amiga, su confidente, su alma gemela desde que la conoció en la fiesta de graduación de su hermano. Un cáncer de páncreas, asesino silencioso, eficaz y cruel, se la había arrebatado dos años antes. Lucharon y sufrieron durante meses, gastaron mucho dinero en quimioterapia y ensayos clínicos con tratamientos experimentales, incluso, desesperados, al final se refugiaron en terapias alternativas que de nada sirvieron, salvo en marchitar la relación con su hermano, el doctor Julio Erazarret.

Las lágrimas todavía acudían sumisas a sus ojos cuando recordaba todo aquello, manteniendo el mismo sabor amargo de la derrota. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón para coger un pañuelo de papel y poder limpiarlas, pero no encontró ninguno. Recordó con alivio que guardaba siempre un paquete en la guantera del coche para los imprevistos de los niños. En un acto de irresponsable temeridad, se inclinó hacia el asiento del copiloto con la mirada todavía en la carretera, abrió la portezuela y comenzó a palpar a ciegas dentro hasta que por fin alcanzó los pañuelos. Al intentar incorporarse dio un volantazo a la izquierda que le llevó a invadir el carril contiguo. Gracias a Dios, el tráfico de la ronda era escaso en esos momentos y no hubo mayores consecuencias que el susto correspondiente.

—¡Ufff! —respiró aliviado al ver que no había pasado nada.

Con el corazón latiendo desbocado pensó en lo cerca que había estado de echarlo todo a perder. Encendió la radio en un intento de serenarse, y tratar de concentrarse en la cita que tenía dentro de una hora. Una pareja joven se había interesado por uno de los adosados que constituían la última aventura de su empresa, Promociones Erazarret, S. L., y la responsable de haberlo llevado a la bancarrota. Pero desde que había comenzado el nuevo año había concretado la venta de dos y, con esta, sería la tercera en menos de dos meses; más que en el último año y medio. La voz de Celine Dion entonando «A New Day Has Come» contribuyó a serenarle un poco a la vez que la letra de la canción aumentaba su optimismo.

«Así está mejor. Esto debe ser un buen presentimiento», pensó más tranquilo.

Hacia el final de la canción, y cuando ya creía que todo había pasado, comenzó a notar un cosquilleo en la garganta. No parecía gran cosa, como si una pluma le acariciase la parte baja de la mandíbula. Algo molesto, pasó la mano por el cuello por si tuviera alguna pelusilla o algún mosquito estuviera jugueteando en su piel, pero no encontró nada. En breve, el cosquilleo pasó a ser un hormigueo y posteriormente una sensación ardiente que ascendía por su cuello desde la boca del estómago.

«¡Qué fuerte debía estar el café!», se dijo mientras intentaba eructar. El ardor se convirtió en un incendio que se extendía sin control y le oprimía el pecho dificultando la respiración. De nuevo sintió cómo el corazón iniciaba de nuevo su alocada carrera y un sudor frío empezó a perlar su frente. Los eructos dieron paso a las náuseas que llenaron su boca con el desayuno que se precipitó sobre el volante y el salpicadero; intentó de forma vana frenar el coche, pero sus piernas se negaron a responder, la visión se fue volviendo cada vez más borrosa hasta que solo vio un punto de luz antes de desmayarse sobre su vómito. El Volvo XC 60 zigzagueó en la vía durante varios metros antes de desviarse hacia la mediana y estrellarse violentamente contra el muro de protección que separaba ambos carriles. El fuerte golpe hizo que el coche quedara cruzado en medio de la ronda con el frontal destrozado.

«Es curioso», pensó, antes de perder la consciencia, juraría que veía el rostro de Irene, su media naranja, sonreír. Estaba igual que cuando la conoció aquella noche de junio.

2Capítulo 2

Sábado, 22 de junio de 1996 · 7:45 p. m.

Venga, será nuestra última juerga en un año. A partir del lunes me largaré a Oviedo y me centraré únicamente en el MIR. —Pocas veces había visto a su hermano tan elegante. El traje que le había regalado se ajustaba a su estilizada figura como un guante de seda.

—Chico, podrías pasar por modelo —contestó orgulloso. Sabía el esfuerzo que había supuesto para su hermano y sus padres aquella aventura iniciada cuando Julio apenas tenía uso de razón y aseguraba sin dudar su deseo de ser médico. Ahora, tras seis duros años, veía a su hermanito y no tenía duda alguna de que se convertiría en un gran profesional.

—Es gracias a ti. Pero no me has contestado. Además, quiero que conozcas a alguien. —Al decir aquello último sus ojos brillaron con pícara intensidad.

—Si es por Ainhoa, te recuerdo que ya la conozco. Y me alegra que por fin hayas dado el paso.

—¿Ainhoa? No, no es ella. Es otra chica. Ainhoa es mi mejor amiga..., pero nada más. —Santiago percibió cierto asomo de duda en la expresión y se extrañó. Conocía desde hacía tiempo los deseos de ella de formalizar la relación y creía que Julio solo esperaba el momento adecuado para comprometerse. Se equivocaba. La intuición le decía que debía indagar, pero prefirió callarse, cometiendo el primero de los muchos errores que fueron surgiendo a lo largo de la noche.

—Bueno, pues pásalo bien con quien sea esa nueva chica. Yo tengo mucho papeleo en la oficina y no quiero que se amontone. Esto de dirigir un negocio no es fácil, ¿sabes?

—Bien, haz lo que quieras, aunque esperaba que me acompañaras en esta noche tan especial. —Su hermano sonrió de esa forma suya tan encantadora e irresistible, vencedora en tantas lides como aquella.

—Eso es chantaje. Bueno, vale… intentaré pasarme un rato. ¡Pero ni sueñes que voy a ponerme traje! Ya me vale con el día a día.

—¡Genial! Nos vemos entonces. El baile empieza hacia la una. Si llegas antes tómate una copa. ¡Que hay barra libre!

Julio se despidió de sus padres mientras que él se quedó a cenar. A pesar de tener piso propio, pasaba más tiempo en el de ellos que en el suyo, siempre con el cómplice y silencioso agradecimiento por su parte. Después de cenar y ver una película decidió acudir a la fiesta de su hermano.

«Hoy es especial. Mi hermano se gradúa y, además, se lo he prometido», pensó antes de arrancar la moto y poner dirección al hotel donde se celebraba la fiesta.

Llegó poco después de que el baile hubiera empezado y pronto se dio cuenta de que desencajaba como un patito feo en un desfile de cisnes. No solo elevaba la media de edad, sino que todos lucían sus mejores galas. Mientras se acercaba a la barra con sus tejanos y su camisa de lino blanca, fue pasando entre grupos de futuros médicos que le observaban con aire de superioridad, cuchicheaban y reían quedamente hasta que se cruzaban con su mirada gélida; entonces simplemente se giraban e intentaban bailar.

Localizó a Julio tomando una copa en un grupo no muy lejos, cerca de la barra. Junto a él había dos muchachas engalanadas con elegantes vestidos negros. Pese a que la había visto mucho, le costó reconocer a Ainhoa. Era una chica de una belleza difícil de explicar, nada en ella resaltaba a primera vista, pero en conjunto era una pequeña obra de arte. El traje de tirantes dejaba al aire la parte alta de la espalda y el cabello rubio, recogido en un sofisticado peinado, hacía lo propio con el esbelto cuello. Calzaba zapatos de tacón alcanzando así la altura de Julio, a la vez que estilizaban sus esbeltas y desnudas piernas. En una mano sujetaba un pequeño bolso negro con lentejuelas mientras que con la otra agarraba suavemente el brazo de su hermano quien, sin embargo, dedicaba toda su atención a la otra muchacha.

Esa debía de ser la nueva chica de la que Julio le había hablado. Desde donde estaba no la veía muy bien, pero podía percibir que eran tan distintas como la noche y el día.

Su pelo era negro brillante, incluso azulado, recordando el azabache salvaje. Mucho más baja que Julio y Ainhoa, vestía un atrevido traje escotado que dejaba al aire uno de sus hombros y se ajustaba a sus curvas de manera que apenas dejaba nada a la imaginación. También usaba zapatos de tacón, pero sus piernas eran más bien cortas y musculosas.

Era la única que bailaba y reía con los comentarios de Julio. El resto parecían molestos por su presencia, ya que apenas le hacían caso y cuando sucedía, la miraban con cierto desdén.

—Hola, hermanito —dijo acercándose por detrás.

Julio dio un pequeño salto antes de girarse y derramar parte de la copa al suelo sin, de forma milagrosa, manchar a nadie.

—¡Santi! ¡Qué bien! Has venido. Mira, te voy a presentar. Ya conoces a Ainhoa.

Ella sonrió y se adelantó para darle dos besos. Estaba simplemente perfecta, parecía una diosa descendida desde el Olimpo. El sutil maquillaje hacía resaltar su belleza natural y sus dos preciosos ojos color miel que, según pudo comprobar, brillaban con cierto aire melancólico. Su pequeña boca, pintada de un tono carmín muy sugerente, invitaba a adentrarse en lugares prohibidos reservados solo a los más afortunados.

—¡Hola, Ainhoa! Estás realmente preciosa. Algún día llamaré al programa de Iker Jiménez para que me explique cómo todavía no tienes novio, porque desde luego es todo un misterio. —Ainhoa, azorada ante el comentario, dibujó una débil y triste sonrisa. Santiago esperaba que las palabras surtieran efecto en su hermano, pero hizo caso omiso, impaciente por presentar a su otra amiga.

—Y esta es Irene. —En ese momento ella se giró y para él no hubo nadie más. Supo con certeza que aquel rostro angelical le visitaría todas las noches al cerrar los ojos. A diferencia de Ainhoa, cuya belleza era etérea, frágil y delicada como una orquídea, la de Irene era más primitiva, más lujuriosa y peligrosa. Una rosa roja. Sus ojos, del color de una noche sin luna, eran dos profundos pozos en los que sumergirse y la sonrisa trazada por sus carnosos y sensuales labios era capaz de derretir el más duro metal.

—Hola. Encantado. —Fue todo lo que pudo articular imbuido en un extraño embrujo.

—Es enfermera de pediatría en el hospital —explicó Julio entusiasmado al ver la reacción de su hermano.

—No vienes muy elegante. —Fueron sus primeras palabras antes de darle los correspondientes dos besos.

—Ya, no es mi fiesta. El protagonista es mi hermano. Aunque, por lo visto, parece que le estoy robando ese favor —comentó señalando al resto de la sala que de vez en cuando seguía mirando y cuchicheando.

—¡Bah!, no te apures, son así; eso es envidia porque sois los dos hermanos más atractivos de la fiesta —asintió Irene.

Julio interrumpió y continuó con la presentación de su hermano al resto del grupo, antes de que fueran a pedir una copa.

—Bueno, ¿qué te parece? —le preguntó ansioso.

—La fiesta está bien —contestó haciéndose el loco.

—No seas idiota. Irene. ¿Qué te ha parecido?

—Evidentemente es encantadora y muy atractiva, pero no sé si es tu tipo. —Siempre había creído que él y Ainhoa formaban una pareja perfecta y aquella otra chica era demasiado activa y apasionada para la forma de ser de Julio, mucho más sereno y tranquilo.

—No sé a qué te refieres. —Julio pareció ofendido y él prefirió no continuar con la conversación para no estropear la velada.

—Probablemente me equivoque. Apenas la conozco. —El camarero ayudó a concluir la discusión al traer las copas y ambos fueron a reunirse con los demás.

La noche transcurrió deprisa, casi como un suspiro. Hablaron, rieron e incluso bailaron, enamorándose profundamente con cada momento que compartían. El sentimiento de culpa que crecía de idéntica forma a su afecto y devoción por ella provocó el inicio del desastre. Todos, excepto Julio, parecían darse cuenta de la ilusión en la que vivía sumergido, deslumbrado como un tierno infante ante los trucos de una hábil y atractiva prestidigitadora. Una quimera percibida por él mismo en apenas unas horas. Irene y Julio no tenían nada en común, eran como agua y aceite, destinados a estar separados pese a todo el empeño que pusiera su hermano. Creyendo que sería pasajero, que por fin despertaría, prefirió callar y dejar que todo evolucionase de forma natural. Nunca imaginó que Julio lo hiciera esa misma noche, ni que fuera él mismo quien le enseñara el doloroso final de su sueño.

A la semana siguiente su hermano se fue a Oviedo, Ainhoa a Bilbao y él e Irene continuaron cada uno con sus vidas ajenos al drama que acababan de crear.

El caprichoso destino hizo que se cruzaran una tarde de invierno de ese año. Acompañó a urgencias de pediatría a un amigo que, en sus ratos libres, ejercía como entrenador de un equipo de balonmano. Uno de los críos había tenido una mala caída y parecía haberse roto el brazo. La llegada no avecinaba nada bueno: el servicio estaba atestado con las primeras gripes, el niño cada vez sentía más dolor y el humor de su amigo empeoraba al mismo tiempo que su desesperación. Pero entonces apareció ella como un ángel salvador iluminando la estancia con la sonrisa que recordaba y veía cada noche en sus sueños. Se encargó de que les atendieran de forma preferente y en apenas media hora el chaval lucía orgulloso una escayola que Irene firmó en primer lugar. A continuación, escribió su número de teléfono en la mano de Santiago y se despidió con una sonrisa cómplice. Esa misma noche la llamó, quedaron para cenar y a partir de entonces supieron que pasarían el resto de su vida juntos.

Julio regresó poco después a pasar un fin de semana de relax antes de encarar el último tramo de la preparación del examen. Santi era reacio a contarle su relación, ya que se jugaba el futuro en aquella prueba, pero ella insistió.

—Es más fuerte de lo que crees. Lo aceptará, lo sé, confía en mí —le dijo antes de que bajara del autobús.

No hizo falta explicar nada porque cuando los vio en la estación comprendió todo. Para su sorpresa, pareció alegrarse en ese momento, y durante el tiempo que estuvo en Pamplona actuó como si nada hubiera pasado. Pero poco a poco la relación se enfrió. Volvió en Navidad y su actitud fue más gélida, casi distante, aunque todos lo achacaron a los nervios por la cercanía del examen. El MIR pasó y cuando regresó a casa antes de elegir la plaza, después de saber que podría escoger especialidad y destino por su gran número1, las cosas no cambiaron. Siempre encontraba alguna excusa para no coincidir con ellos.

—Ya se le pasará. Necesita tiempo —repetía su madre ante su desesperación.

—Me da igual. Creo que ya le he pedido perdón suficientes veces. —Estaba cansado ya de aquello. Además, en el fondo, pensaba que le había ahorrado mucho sufrimiento.

—No te culpa a ti, el problema lo tiene consigo mismo. Cuando acepte que se equivocó y se perdone volverá a ser el de siempre. —Ella era quien mejor lo conocía, pero Santiago dudaba de su certeza, sobre todo después de la elección de plaza de especialista de medicina interna en Barcelona. Cuando su madre le preguntó acerca de aquella opción: un destino tan alejado, con otro idioma y mal comunicado, su excusa fue que el programa del Hospital Vall d’Hebron era uno de los mejores. Ambos sabían que estaba huyendo. El día del adiós, en la estación de autobuses apenas si cruzaron unas palabras.

—Suerte, hermanito. Ya sé que no te lo he dicho, pero estoy muy orgulloso. Cuídate y procura venir los fines de semana.

—Gracias, Santi, pero no creo que pueda con las guardias y eso. Atiende bien el negocio.

—Por supuesto. —Ni siquiera los besos llenos de orgullo y amor por parte de sus padres lograron dar calor al tibio abrazo con el que los dos hermanos se despidieron.

Durante los cinco años que duró la residencia volvió tres veces. La primera, en su boda con Irene celebrada tan solo un año después. Santi creía que no aparecería, pero llegó y se comportó como si nada hubiera sucedido. La noche antes de la ceremonia charlaron durante horas. Julio contó sus vivencias en el hospital y en Barcelona; la dificultad con el idioma al principio, lo diferente que era todo en una inmensa ciudad y la gran experiencia que le estaba suponiendo. Él habló sobre el floreciente negocio y la idea de abandonar su nido de soltero y mudarse con su futura mujer a un unifamiliar con las ganancias de la primera promoción ya vendida. Intercambiaron sus planes de futuro y el deseo de que se vieran más a menudo. No mencionaron nada del pasado y todo pareció solucionado y olvidado. Después de la ceremonia, ya fuera por el trabajo de uno o la agenda del otro, solo se vieron cuando nació Ion, su primogénito, y en el funeral de su padre poco después.

Julio acabó la residencia y, pese a que todos contaban con su regreso para estar junto a ellos y cuidar así de su madre, se quedó trabajando casi de becario. Santi no se lo podía creer, pero no dijo nada.

Siguieron cada uno con sus vidas separadas hasta que de pronto regresó para trabajar en urgencias del hospital. Parecía que, tal y como había predicho su madre, se había perdonado y volvía a ser el hermano que recordaba. Le encantaba pasar horas y horas jugando con Ion y, posteriormente, cuidando de Lucía cuando nació. La relación familiar era cercana y cariñosa hasta que la enfermedad de Irene volvió a levantar una sólida muralla entre ambos.

3Capítulo 3

Jueves, 22 de enero de 2015 · 7:10 a. m.

Los estridentes acordes del tema «Breaking the Habit» de Linkin Park comenzaron a retumbar entre las paredes de la habitación. Ion se desperezó con parsimonia pese a que la canción invitara a todo lo contrario, se levantó de la cama y tanteó la mesilla cercana hasta que consiguió dar con las gafas. Con paso vacilante esquivó la serie de obstáculos que formaban los libros, revistas, ropa y demás objetos amontonados en el suelo y salió al pasillo. Vio la puerta de la habitación de su padre abierta y se extrañó porque hacía tiempo que él no se levantaba tan temprano. Un delicioso aroma a tostadas y café recién hecho ascendía por las escaleras tentándole a volver a la cama, ya que, si su padre le había librado de esa tarea, podría dormir diez minutos más, pero ya era demasiado tarde.

—Muchas gracias, papá. Por lo menos podrías haber avisado —murmuró enojado.

Avanzó los escasos dos metros que le separaban de la siguiente habitación y golpeó suavemente en la puerta.

—Arriba, hermanita. Ya es hora de ir al cole. —Sin esperar la respuesta abrió la puerta y entró. Al contrario que la suya, la habitación se encontraba perfectamente ordenada. Levantó la persiana del enorme ventanal y las luces del amanecer, como brillantes polizones, se colaron sin previa invitación e incidieron sobre el cabecero de la preciosa cama de madera con forma de casa de muñecas. La pequeña moradora se escondió rápidamente bajo las sábanas después de lanzar un grito de desaprobación.

—Vamos, Lucía. Papá ya se levantó y ha preparado el desayuno. —El joven se dirigió al armario empotrado ricamente decorado con hadas y princesas que ocupaba prácticamente toda la pared opuesta de la habitación y cogió el uniforme de la pequeña.

—¿En serio? —preguntó extrañada mientras volvía a asomarse tímidamente.

—Debe estar enfermo —afirmó su hermano después de colocar la ropa sobre la silla del escritorio situado bajo la ventana—. Así que date prisa, enana —terminó de arengar antes de abandonar la habitación.

Lucía era el nombre de la benjamina de la familia en honor a su abuela paterna. Acababa de cumplir ocho años, aunque la vida le había hecho madurar muy deprisa. Al igual que su padre en la infancia, era de complexión fina y esbelta como un junco. Tenía la cara redondita, llena de pecas, y los ojos de un azul pálido, casi grises; se los debía a la abuela con quien compartía el nombre. Por contra, la pequeña nariz respingona, la boca y su sonrisa omnipresente eran, sin lugar a duda, de herencia materna. A decir verdad, se podía afirmar que era una copia de su hermano salvo por la altura y el color del pelo, compartido también con su madre. El cabello del chico, por su parte, tenía el tono del trigo antes de la cosecha, característico de la familia Erazarret.

Ion entró a su cuarto y, pese a la advertencia a su hermana, comenzó a vestirse lentamente. No deseaba encontrarse con su padre. Se sentía traicionado. En plena adolescencia había empezado una etapa difícil de su vida de forma trágica y cruel. La muerte de su madre fue un mazazo, un repentino golpe en el centro de su universo que le hizo perder el rumbo y que se encontrara en esos momentos como un barco a la deriva, zarandeado en una tormenta sin fin esperando encontrar la luz salvadora de algún faro que le guiara hacia buen puerto. Su padre había intentado ser ese modelo durante un tiempo, pero desde hacía casi un año parecía no importarle nada relacionado con ellos. Cuando llegaba a casa, se encerraba en su despacho o en su habitación y rara vez se interesaba por nada salvo el dichoso trabajo. En un intento de llamar la atención cambió su forma de vestir, comenzó a salir por la noche e incluso se sacó el carnet para usar la moto que su padre guardaba como una joya. Todo fue en vano.

El nuevo curso además había traído inesperadas sorpresas como la irrupción de Borja, un nuevo alumno de su clase. Hijo de una familia acomodada, habían decidido cambiar de centro en un intento de reconducir el futuro de su primogénito. El chaval, un zoquete integral y vago, había repetido varios cursos, pese a lo cual, se comportaba de forma arrogante, prepotente y desafiante, demasiado acostumbrado a que sus padres le sacaran de cualquier embrollo. Ion habría huido de su amistad sin dudarlo, pero quiso el azar que un día conociera a quien parecía ser su novia y quedara prendado de ella. Alba, que así se llamaba, había compartido clase con él y era la única capaz de manejar a Borja a su antojo. Probablemente a ello contribuía la rebelde belleza irradiada de sus preciosos ojos verdes, su pequeña boca perfecta y la melena dorada, como el tinte que adquiere el oro al envejecer, que solía llevar recogida en una coleta. Pero a Ion le atrajo algo oculto, invisible para su nuevo amigo y que intuía detrás de la imagen de chica frívola y descarada reflejada en su forma de vestir, de maquillarse, de comportarse. Podía percibir la verdadera esencia de la joven, escondida a salvo de miradas indiscretas y muy diferente de su avatar.

Para sorpresa e incomprensión de sus amigos, se fue acercando al nuevo compañero con el pretexto de ayudarlo con los estudios. Los padres de él quedaron encantados y poco a poco fue introduciéndose en el círculo de amistades. Comenzó a salir con ellos a pesar de la diferencia de edad y, aunque no los tragaba, usaba su cada vez mayor amistad con Borja para aproximarse a ella e iniciar una relación que fue creciendo y estrechándose como una enredadera. Descubrió aliviado su buen tino: la verdadera Alba se mostró como una chica más parecida a él de lo que quería reconocer. También tenía una hermana pequeña y, por lo que dedujo, la relación con sus padres debía ser mala. Cuando sacaban el tema familiar rápidamente cambiaba de asunto y prolongaban así las charlas mientras Borja y sus amigos se emborrachaban hasta caer inconscientes.

Bajó las escaleras y fue a la cocina donde encontró la mesa puesta, un plato con tostadas, mantequilla, aceite, azúcar, una jarra de leche caliente y galletas junto con una nota escrita a mano:

«Buenos días, pequeños. Hoy me he tenido que marchar antes porque tengo una cita importante. Os prometo que a partir de hoy todo va a cambiar.

Os quiero.

Papá».

Ion la arrugó y la dejó en la mesa furioso y escéptico. No se creía nada de lo que decía. Quizás, si supiera lo que iba a ocurrir, su reacción hubiese sido diferente.

8Capítulo 8

Médula ósea: hueso ilíaco

Un leve murmullo, como el lento fluir de un riachuelo, le despertó de un sueño largo y reparador. Abrió los ojos lentamente y la tenue luz que se colaba por una pequeña ventana redonda encima de la cama le hizo parpadear varias veces. Al final, cuando se hubo acostumbrado a la claridad, comprobó dónde se encontraba. La habitación tenía forma circular y estaba escasamente decorada. Las paredes habían perdido gran parte de su blancura inicial sustituyéndola por diferentes tonalidades de grises y existían zonas en las que el tapiz que las cubría se había roto dejando al descubierto un entramado de vigas entrelazadas como una especie de tela de araña. En el centro de la estancia una mesa alargada con cuatro sillas de alto respaldo almacenaba una fina capa de polvo indicando que su dueño hacía tiempo no las usaba.

Tumbado como estaba, ya no podía averiguar mucho más, así que decidió levantarse. Retiró la sábana que le cubría con cuidado y comprobó con una mezcla de sorpresa e inquietud que estaba completamente desnudo. Miró alrededor para ver si encontraba algo que pareciera un traje o alguna vestimenta, pero no encontró nada. Sentado en el borde de la cama y con las piernas colgando a una distancia considerable del suelo podía oír mejor el sonido responsable de haberle despertado. Era una tonadilla y parecía provenir de la sala contigua. La voz que la tarareaba era suave, melosa y el tono dulce como la risa de un niño. Intrigado por toda aquella situación dio un pequeño salto para ponerse en pie. El suelo frío generó un cosquilleo en los pies que fue ascendiendo hasta provocarle una sensación de escalofrío que casi le hizo perder el equilibrio. Cuando se recompuso, intentó avanzar hacia la mesa, pero sus delgadas piernas se negaban a obedecer, como si se hubiesen olvidado de su función. Con mayor determinación obligó a sus rebeldes extremidades a moverse consiguiendo avanzar de forma muy insegura hasta la silla más cercana. Resoplando se apoyó en el respaldo. El aire que respiraba tan deprisa le quemaba por dentro y optó por sentarse y recuperarse. Intentó mover la silla, pero pesaba mucho más de lo que imaginaba. Finalmente, empleando toda su fuerza consiguió separarla lo justo para derrumbarse encima de ella. El alboroto generado tras semejante esfuerzo hizo que la canción cesara bruscamente y su dulce sonido fue sustituido por el ruido de pasos acercándose hacia donde se encontraba.

—Umm. Buenos días, dormilón, veo que te has despertado ¡por fin! —La agradable voz cantarina sonó ahora grave y profunda—. Ah, y te has levantado. Bien, muy bien, aunque un poco precipitado. —Una figura ocultó por completo la oquedad que formaba la puerta de la estancia. De anchas espaldas, medía casi dos veces su altura. Con la escasa luz no podía apreciar muy bien su rostro, pero le pareció sincero y sereno, con un poblado bigote rojizo. Cuando avanzó hacia la luz comprobó que no solo su bigote era pelirrojo, sino que su espesa mata de pelo, totalmente desordenada, compartía el mismo color. Los ojos eran pequeños, de tono granate y brillaban juguetones perdidos debajo de la espesura de las cejas.

»Veamos, algo falla... ¡Pero si no te he preparado la ropa! —Y una gran carcajada hizo temblar las paredes de la habitación. Con gran soltura pese a su enorme corpulencia, se acercó a un armario en el rincón opuesto, lo abrió, sacó una especie de mono de color bermellón con amplios bolsillos en los laterales y un calzón largo de mismo color.

»Toma. Ponte esto antes de que te enfríes, muchacho. —Le acercó las prendas y se sentó enfrente sonriendo ampliamente. Era de edad indeterminada, aunque las arrugas de su rostro indicaban que estaba más cerca de la senectud que de la adolescencia.

—¿Quién eres? ¿Y dónde estoy? —preguntó con voz temerosa mientras comenzaba a vestirse con la ropa que le había dado.

Otra gran carcajada resonó antes de que contestase:

—Por supuesto, muchacho, ¡qué despiste llevo! Estás en mi casa. Mi nombre es EriMae y soy tu… a ver cómo lo explico..., tu tutor, sí, eso es, soy tu maestro. —Se alegró de encontrar la palabra exacta que estaba buscando—. Somos eritrocitos o glóbulos rojos. —El pequeño abrió unos grandes ojos sin entender aquella palabra—. Tu nombre es ErIon —le señaló— y acabas, como quien dice, de venir a este mundo.

—¿Y qué son los eritrocitos? —preguntó el recién nacido mientras acababa de vestirse.

—Veamos, pequeño, somos los habitantes más numerosos de la sangre y encargados de una gran labor en nuestro mundo; transportamos el oxígeno a todos los habitantes de aquí —hizo un gran círculo con sus brazos indicando la magnitud de su labor—... para que puedan vivir y, por supuesto, trabajar. —El pequeño lo miraba asombrado sin acabar de entender nada—. Bueno, bueno, quizás lo mejor es que lo compruebes por ti mismo, pero antes debes desayunar algo para poder empezar la travesía. —Y sin darle tiempo a replicar nada, se levantó y desapareció por la misma puerta por la que había entrado dejando a su pupilo confundido y, tras mencionarlo, hambriento.

En cuanto el nuevo ser desapareció, comenzó a oír ruidos metálicos en la habitación contigua a la vez que volvía a sonar la misma canción que había escuchado con anterioridad. Pronto un apetitoso aroma dulzón invadió toda la estancia haciendo que el hambre aguijoneara su estómago. Picado por la curiosidad se levantó y caminó titubeante hacia la puerta. Al acercarse, un viejo espejo de pared reflejó su imagen provocando que se detuviera a admirarla. La figura era la de un muchacho, casi adolescente, delgado y un tanto enclenque, perdido en la inmensidad de aquel extraño traje. Su rostro, todavía imberbe, era alargado y estrecho, con el pelo rojizo cortado al estilo militar. Los ojos eran dos grandes rubíes brillantes como ascuas.

El estómago volvió a protestar invitándole a abandonar su exploración y a encaminarse hacia la habitación contigua.

—¡Perfecto! Veo que ya vas acostumbrándote a caminar —le animó EriMae desde la estancia que parecía ser la cocina. Era mucho más pequeña que la habitación anterior, con una mesita cuadrangular en un lateral y un armario desvencijado enfrente de ella como únicos muebles. ErIon observó la sala un tanto decepcionado.

—Sí, lo sé. No es gran cosa, pero es que una vez que abandonamos el lugar donde nacemos, no volvemos a él. Por eso ves todo así —explicó el eritrocito al ver la expresión del joven.

ErIon se sentó en la mesa a indicación de su anfitrión y este le acercó un cuenco con un líquido espeso de color ambarino que había sacado de un humeante caldero colgado sobre el fuego de una chimenea de donde provenía el apetitoso aroma.

—Come, es jarabe de glucosa caliente, una delicia y todo lo necesario para empezar el día —le explicó EriMae mientras se preparaba una dosis algo menor. El joven la devoró en apenas unos segundos saboreando cada cucharada con auténtico deleite. Con el estómago lleno las preguntas se agolpaban en su cabeza.

—¿Cómo obtenemos el oxígeno? —Fue la primera que se le ocurrió preguntar.

—Lo cogemos en los bosques pulmonares. Un lugar extraordinario lleno de grandes árboles donde crece el oxígeno en forma de delicados frutos transparentes.

—¿Y está lejos?

—Bastante. Primero debemos abandonar la cresta ilíaca, donde nos encontramos. Después tenemos que ascender por la gran vena ilíaca y luego por la vena cava, pasando junto al hígado, un lugar repleto de fábricas. Desde ahí solo queda un breve paseo hasta el corazón. —Dibujó todo el trayecto en la mesa.

—¿El corazón? —preguntó su nuevo pupilo intrigado.

—Sí. Un importante país dividido en cuatro ciudades llenas de estrechas e intrincadas callejuelas donde nos detendremos brevemente antes de continuar nuestro viaje. Visitaremos todas. —El mentor se adelantó a la siguiente pregunta del alumno que sonrió al ver que su curiosidad quedaba saciada—. Primero la aurícula y ventrículo derechos, separadas de sus hermanas por un grueso tabique impenetrable y desde allí hasta los extensos bosques pulmonares donde intercambiaremos el dióxido de carbono...

—¿Dióxido de carbono? —interrumpió de nuevo el joven antes de que pudiera acabar.

El maestro comprendió que era mucha información, con lo que intentó explicarlo más despacio.

—Tienes razón, te he contado nuestra función en parte. Cuando llevamos el oxígeno a las células, los habitantes de nuestro mundo, ellos nos dan a cambio dióxido de carbono. En realidad, son desechos generados durante el trabajo diario. —ErIon puso cara de disgusto al oír la palabra desechos—. Puede parecer un mal negocio, ¡pero es fundamental! —contestó EriMae de forma enérgica.

—¿Y después de los bosques? —volvió a preguntar el eritrocito en un intento de abandonar ese tema tan desagradable.

—Viajaremos a la aurícula y ventrículo izquierdos, las otras dos urbes del corazón, desde donde nos enviarán por una enorme autopista llamada aorta hasta nuestro destino, que nos habrán asignado en el ventrículo izquierdo.

—¿Y una vez que llegamos allí?

—Intercambiamos la mercancía y realizamos el camino inverso. Y así, constantemente durante toda nuestra vida —explicó pacientemente el viejo glóbulo rojo. ErIon permaneció pensativo durante un momento antes de abordar la siguiente cuestión.

—¿Y viajamos solos?

—No, no, somos millones, ¡imagínate lo grande que es el mundo! Además, con nosotros verás a toda clase de mercaderes como proteínas y hormonas dedicadas a transportar infinidad de sustancias útiles y muy valiosas, soldados que nos defienden de las invasiones externas, obreros pequeños llamados plaquetas encargados de arreglar todos los desperfectos de la carretera y de las construcciones y muchísimas cosas más.

El joven se hacía poco a poco una idea más o menos clara de la vida que iba a experimentar a partir de ese momento y le fascinaba. Iba a recorrer todo el mundo y conocer a sus diferentes moradores, ver lugares asombrosos y, lo más importante: su labor era indispensable.

—¿Y cómo llevamos el oxígeno? ¿Lo cargamos nosotros? —Su tutor no pudo evitar sonreír ante la idea.

—No. Contamos con unos amigos muy especiales. Nuestros infatigables animales de carga. Se llaman hemoglobinas, pero les puedes poner el nombre que quieras. A la mía por ejemplo la llamo Athor. —ErIon abrió fuertemente los ojos en un gesto de incredulidad. «¡Y encima iba a tener un animal propio!».

—Bueno, si has acabado de desayunar y el interrogatorio, podríamos ir a conocer a tu hemoglobina y comenzar así el viaje. —El anciano se levantó, retiró los cuencos y los dejó sin lavar en un hueco de la pared—. No creo que los necesitemos y ya se encargará alguien de limpiarlos —comentó antes de adelantarse hacia la puerta de la casa.

ErIon se levantó precipitadamente tirando la silla al suelo a la que casi acompañó. El viejo volvió a dibujar una gran sonrisa ante el ímpetu de su joven pupilo y, tras indicarle que la recogiera, le acompañó fuera. Ambos salieron y la claridad reinante cegó momentáneamente al nuevo glóbulo rojo.

—Tranquilo, es normal. Tus ojos no están todavía acostumbrados a tanta luz —le explicó su maestro—. Espera unos segundos y ve abriéndolos poco a poco. Enseguida se pasa.

El joven obedeció y, al cabo de unos segundos, pudo por fin admirar el paisaje que se abría ante él. Se encontraban en lo alto de una pared de color marfil donde había cientos, miles de cuevas iguales a la que acababan de abandonar y de las que salían seres semejantes a ellos.

—Como ya he dicho, esto es la cresta ilíaca1. Uno de los centros donde nacemos y maduramos antes de formar parte de la sangre.

—¿Hay más sitios como este?

—Sí, hay varios en todo el mundo. Recuerda que somos millones.

—¿Y nacemos aquí? —señaló la cueva de la que acababan de salir.

—No, no. Aquí solo despertamos. Nacemos en un centro ubicado abajo, en la médula ósea —señaló la parte más profunda de la especie de valle en el que se encontraban—. Allí, una célula madre se va dividiendo en células hijas que crecen y maduran lentamente. Cuando ese proceso está llegando a su fin, se trasladan a las cuevas que ves hasta que despiertan y pasan a cargo de un eritrocito mayor. —EriMae se señaló antes de continuar—. Yo seré tu guía y mentor hasta que te llegue el turno.

—¿Y dónde están nuestros animales?

—Buena pregunta. Se encuentran también en la zona de abajo, en unos grandes establos cercados. Cada uno de nosotros tenemos una marca única de nacimiento que nos da derecho a uno de ellos. —Le enseñó un intrincado tatuaje en su brazo a la altura de la muñeca, que le había pasado desapercibido—. Cuida bien de él, porque es intransferible e irreemplazable, si él muere, lo harás tú también —le advirtió—. Vamos, cojamos a nuestros amigos, unas provisiones, y comprobemos si podemos salir con la siguiente caravana.

EriMae señaló hacia una larga fila de eritrocitos que, junto con sus hemoglobinas, se estaba formando en una de las vías de salida de la médula ósea. Ambas células comenzaron el largo descenso hacia aquella zona animadas ante la perspectiva de un nuevo viaje y una nueva aventura.